Pascuas: entre roscas y huevos de chocolate

Sociedad 01 de abril de 2018
Es una de las celebraciones más importantes del calendario católico. Aún así la rodean varias tradiciones populares.
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La Pascua es una celebración cristiana que recuerda la pasión, muerte y resurrección de Cristo, lo que la convierte en uno de los momentos más importantes del año para los católicos. “No es como una fiesta patria en la que recordamos aquello que pasó. Se trata de volver a vivir la muerte y resurrección del hijo de Dios”, explica el padre Luis Rivas, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina (UCA).

Roscas, huevos y conejos de chocolate

En el hemisferio norte, la Pascua transcurre en primavera, cuando se va el frío y las flores dan color a las plantas. Muchas culturas asociaron esta estación a la fertilidad y, justamente, la nueva vida. La fiesta cristiana conmemora la resurrección de Jesús, que no es otra cosa que la celebración de la posibilidad para los hombres de alcanzar una nueva vida en el Paraíso después de la muerte.

En este sentido, “los huevos de Pascua son una referencia a esa vida que Jesús nos trae”, explica el padre Gerardo Castellano. Desde tiempos antiguos, distintas culturas usaron huevos coloreados para simbolizar el nacimiento y la fertilidad. Durante la Edad Media, los europeos solían coleccionar huevos de colores de diferentes aves y, gradualmente, esta costumbre se asoció a la Pascua. Después comenzaron a pintar y decorar los huevos con motivos festivos y alegres y los conejos también fueron usados como símbolos de fertilidad en algunas culturas.

Con una receta simple basada en leche, huevos y harina, la rosca completa la mesa pascual. El huevo duro característico de este postre remite, al igual que los de chocolate, al nacimiento y la fertilidad. Sin embargo, no tiene un origen religioso, sino que fue asociado a ciertas costumbres folklóricas. Por ejemplo, cuando los campesinos amasaban la rosca y la llevaban a misa para pedir por una buena cosecha.

¡Y felices Pascuas!

El significado de esta frase corriente también tiene una explicación religiosa. ¿Qué le estamos diciendo al otro? “Que el hecho de compartir el padecimiento con Jesús lo ayude a mejorar como persona”, explica Gerardo. Es una expresión de deseo para que el otro pueda ser cada día mejor. “En estos días tratamos de cambiar, de modificar nuestra vida y quitarnos defectos”, dijo Luis a Clarín.