Por qué Argentina es el segundo país en el mundo con más huelgas por año

Información General 11 de febrero de 2018
Catalina Smulovitz, vicerrectora de la Universidad Torcuato Di Tella y doctora en Ciencia Política, analizó en Infobae cómo responde el Estado frente a la protesta social, por qué los argentinos nos quejamos tanto y cuál es la influencia de las redes sociales en la forma de reclamar
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—¿Qué rol juega la Justicia respecto de la protesta en la Argentina?
—Hay distintos tipos de protestas. Algunas están dirigidas al fuero público, a la plaza pública, que son las protestas más políticas -los reclamos tradicionales, que implican algún tipo de acción directa, desde huelgas hasta manifestaciones-, que no necesariamente pasan por la Justicia. Y hay otros instrumentos de protestas que sí se canalizan a través de la Justicia. De hecho, la Argentina tiene una experiencia bastante antigua respecto del uso del aparato judicial para demandar. El caso típico argentino es el de las demandas previsionales. O recientemente, lo ocurrido con algunas de las protestas provocadas por el aumento de tarifas: la amenaza de hacer uso de la ley, como mecanismo de protesta, pasa a ser una herramienta de protesta política.
—¿Y la organización de esos actores tiene que ver en cómo se protesta, en dónde se acude para protestar?
—En principio, sí. Los actores, si quieren tener algún grado de efectividad, deben organizarse. Y volverse lo suficientemente molestos como para que las autoridades políticas, o las que deben dar una respuesta, les presten atención y necesiten de alguna forma controlar el ruido que la protesta provoque. El grado o forma de organización puede ser muy diversa. El tipo de organización que se necesita para ocupar un espacio público (manifestación, movilización de gente) es muy distinto del que se necesita para canalizar por ejemplo, un conjunto masivo de protestas judiciales.
—También se van adaptando según el paso de los años, ¿no? Por ejemplo, las redes sociales, los medios de comunicación, ¿qué rol juegan hoy?
—Juegan un rol fenomenal en términos de información, de coordinación. Y la otra cuestión es que visibilizan algo que, si uno por ejemplo está en los bordes de la ciudad, no necesariamente se entera de qué es lo que está sucediendo en el centro de la ciudad. Y lo otro que hacen las redes sociales, que transforma si se quiere la forma de la protesta, es que la vuelven multicéntrica. Si uno piensa en el 17 de octubre de 1945, por ejemplo, piensa en la Plaza de Mayo, a los distintos focos concentrándose en un mismo lugar. Lo que hacen las redes sociales es que permiten que aparezcan múltiples lugares de reunión, lo que le da a la protesta una expansión distinta. No se miden ahora como grandes concentraciones únicas, sino, por el contrario, en la dispersión de múltiples centro de protesta.

—En relación a los disturbios que se puedan generar, ¿el Estado tiende a resolverlos bien o mal?
—El Estado argentino tiene muy poca capacidad de tener una sintonía fina respecto de cómo tratar la protesta. Sus estrategias suelen ser de extrema dureza y represión desmedida, sin seguir protocolos de control pacífico del ejercicio de la protesta, o -precisamente por no tener control tampoco de la fuerza policial- de no tener ningún tipo de regulación.
—¿Y esto es común a todos los gobiernos?
—De 1983 a la fecha, en parte por la forma en que se ha desarrollado la relación con las fuerzas policiales, el Estado democrático argentino no ha sabido regular ni crear los instrumentos adecuados para el ejercicio del control de la protesta propio de su condición de democrático. Y fluctúa permanentemente entre posiciones en las cuales, por un lado, para evitar males mayores tiene una intervención tenue, o por el contrario, otras en las que interviene con una represión extrema, sin ningún tipo de control de sus fuerzas policiales, violando todo tipo de procedimientos y protocolos.
—¿Y cómo debe hacer el Estado? Porque están quienes reclaman que haya orden en la calle, el famoso choque de derechos, y por otro lado los que sufren la represión feroz, en la que incluso hay muertes.
—Requeriría que el Estado democrático empiece a tomar en serio el tema: el control de la protesta por parte de las fuerzas de seguridad debe ser ordenada y siguiendo estándares internacionales. Y que las alternativas no sean la muerte o la nada. Y hablo del Estado nacional con las fuerzas federales y de los Estados provinciales con sus respectivas fuerzas, porque si se observan las cifras de Correpi (Coordinadora contra la Represión Policial e institucional) respecto de las muertes que se producen en las protestas en las provincias, también es muy alta. Es una cuestión pendiente de la democracia argentina esos mecanismos de control del Estado, sin que impliquen represión excesiva.
—En el fondo, ¿por qué nos quejamos los argentinos?
—No diría que los argentinos nos quejamos injustificadamente. La vida social supone constantemente que cada uno tenga aspiraciones crecientes. Por supuesto, desde el punto de vista del que gestiona los recursos públicos, esto es un problema, porque los recursos siempre son escasos y es complicado satisfacer todas las demandas de manera simultánea. Pero al mismo tiempo uno debería pensar que una sociedad que aspira es una sociedad que está pensando en el futuro, no una sociedad conforme consigo misma. Que eso hace una sociedad conflictiva, sí, desde ya. Pero simultáneamente una sociedad no conflictiva puede ser una sociedad estancada, una sociedad que piense el mundo desde una sola mirada, que este es el orden natural de las cosas y que debe ser respetado. Entonces, en sí mismo, no diría que el hecho de que aparezca una sociedad demandante sea una mala señal: es una señal de una sociedad que tiene la confianza de que las cosas pueden mejorar.

Infobae