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Infierno en el convento de Nogoyá: el desgarrador relato de la monja que estuvo cautiva catorce años y sufrió maltratos y abusos psicológicos

Silvia Albarenque ingresó al Carmelo de Nogoyá, cuando tenía 18 años en busca de refugio espiritual. Sin embargo, entre 1999 y 2013 sufrió violencia y vejaciones. “Me encerraban en mi celda, con una botellita de agua en la puerta y un pan en el piso, y con eso tenía que pasar el día”, contó.
Nacionales29 de septiembre de 2026

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Silvia Albarenque abandonó el convento de clausura en 2013 con un severo deterioro físico y psíquico

En los trozos de papel que encontraba por el convento, Silvia Albarenque escribió durante seis años una misma frase: “Madre nuestra, me quiero ir”. La religiosa, conocida entonces como hermana María Teresa de la Eucaristía, había ingresado al Carmelo de Nogoyá cuando tenía 18 años y cuatro años después empezó su peor infierno.

La historia de esta joven, que ingresó a una orden religiosa en 1999 en busca de refugio espiritual y terminó atrapada en una trama marcada por las torturas físicas y los abusos psicológicos, es la que inspiró a la serie Cautiva, que acaba de ser estrenada por Flow.

Mientras estuvo aislada en un convento de clausura -convertida en Carmelita Descalza y sin contacto alguno con el mundo exterior- el uso de la mordaza, el látigo y el cilicio fueron una constante. Ella intentó hablar pero la madre superiora, la expriora, Luisa Toledo, la silenciaba a la fuerza. Primero, cortó el vínculo con su familia -a quien le negaba la visitas con distintas excusas- y luego archivó en un cajón todos sus pedidos de exclaustración.

Silvia AlbarenqueSilvia Albarenque tenía 18 años cuando decidió convertirse en Carmelita Descalza e ingresar al convento de Nogoyá

2013 marcó un antes y un después. Toledo permitió que su madre fuera a buscarla porque estaba en estado físico y psíquico lamentaba. Estaba delgada, pálida y con un aspecto “cadavérico”. Presentaba dificultades para comer, dormir y caminar. Y hasta le costaba tomar decisiones.

Cuando el caso tomó estado público en 2016 gracias a una investigación periodística, la justicia imputó a Toledo y la apartó de la conducción del convento. Meses después, el Vaticano también decidió removerla de su cargo mediante un documento firmado por el papa Francisco. La investigación judicial avanzó y llegó a juicio.

En junio de 2019, el Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguay condenó a Luisa Toledo a tres años de prisión efectiva por dos hechos de privación ilegítima de la libertad agravada por violencia, amenazas y la duración de los hechos.

Tras la apelación, en diciembre de 2020, la Sala I de la Cámara de Casación Penal de Entre Ríos confirmó íntegramente la condena y Toledo tuvo que cumplir su pena en la Unidad Penal Nº 6 de Paraná. Este fallo marcó un hito en la Argentina: por primera vez una Carmelita Descalza fue enviada a la cárcel por abusos de poder.

 Luisa Ester ToledoLuisa Toledo impuso castigos de aislamiento, uso de cilicio y mordaza a la religiosa durante su reclusión

La entrada al convento

Cuando Silvia llegó al Convento de las Hermanas del Carmelo de Nogoyá atravesaba un momento de profunda incertidumbre. Había dejado su pueblo, María Grande, para comenzar a estudiar Psicología en Paraná, pero su vida familiar había cambiado de manera inesperada: sus padres se habían separado, su abuelo había muerto y ella todavía no tenía claro qué camino quería seguir.

Silvia era la tercera de seis hermanos y había crecido en una familia atravesada por una fuerte tradición religiosa por parte de su rama materna. En ese contexto, la vida monástica apareció ante ella como una posibilidad de encontrar contención y darle un nuevo sentido a una etapa que estaba marcada por las pérdidas y las preguntas sobre su futuro.

Después de cursar apenas un cuatrimestre de Psicología, decidió abandonar la carrera y arrancar una nueva vida dentro de un convento que estaba organizado bajo reglas estrictas que regulaban los vínculos entre las religiosas y también su relación con el mundo exterior.

Este es el Convento de las Hermanas del Carmelo de Nogoyá, Entre Ríos, donde Silvia estuvo privada de su libertad durante 14 añosEste es el Convento de las Hermanas del Carmelo de Nogoyá, Entre Ríos, donde Silvia estuvo privada de su libertad durante 14 años

Allí, las conversaciones privadas no estaban permitidas y las visitas familiares se realizaban bajo supervisión y a través de una reja. Y así fue como, con el tiempo, se fue sometiendo a un proceso que restringió progresivamente su autonomía.

El relato del horror

La situación dentro del convento cambió por completo cuando Toledo asumió como priora. Cualquier palabra, gesto o desacuerdo podía ser leído como una falta de respeto a la superiora.

“Toledo solía decir: ‘Cuando le falta el respeto a nuestra madre, le está faltando el respeto a Cristo’”, declaró Silvia durante el juicio, según consta en el expediente judicial al que accedió Infobae. Durante el proceso, ella detalló que las sanciones podían llegar después de una respuesta considerada irrespetuosa, una tarea que no terminaba a tiempo o un gesto que la superiora interpretaba como desobediencia.

La mordaza era uno de los castigos más frecuentes. A Silvia le colocaban en la boca un tubo de vitaminas perforado y sostenido detrás de la cabeza con un elástico. “A veces me lo daba tres días, a veces ocho días, depende de lo que ella había considerado cuán grave era lo que yo había hecho”, contó Silvia. Solo podía retirárselo para comer.

A ella también solían responsabilizarla por las faltas atribuídas a otras religiosas. “La manzana podrida que pudre a todas las demás manzanas del cajón”, le decía Toledo para justificar el aislamiento y el ayuno.

“Me encerraban en mi celda, con una botellita de agua en la puerta y un pan en el piso, y con eso tenía que pasar el día”, relató. En otras oportunidades, los encierros podían superar los tres días, con puertas y ventanas cerradas y sin luz artificial. Más de una vez, Silvia pensó en quitarse la vida.

Durante esos períodos no podía asistir a los recreos -los únicos momentos en que las monjas conversaban entre sí- ni compartir las comidas o las tareas comunitarias. A veces debía entrar al comedor cuando ya no quedaba nadie. También se le impedía cocinar, trabajar en la huerta o colaborar con las otras hermanas.

Silvia pidió decenas de veces que le permitieran abandonar el convento. Quería recuperar el contacto con su familia, a la que llevaba años sin ver. Incluso llegó a pensar en escribirle a Alberto Puiggari, entonces arzobispo de Paraná, para solicitar su intervención. Pero, según su relato, la superiora Toledo le prohibió utilizar lápiz y papel y bloqueó cualquier posibilidad de comunicación con el exterior.

La desesperación fue creciendo hasta llevarla a un intento de quitarse la vida. Silvia comenzó a golpearse reiteradamente la cabeza contra el piso. La respuesta de la superiora, de acuerdo con su testimonio, no fue permitirle salir ni buscar ayuda, sino imponerle un nuevo castigo: ordenarle que utilizara un cilicio entre las piernas. Así,mientras Silvia insistía en abandonar la vida religiosa, Toledo recurría al voto de obediencia para impedirlo.

Cuando el caso tomó estado público en 2016 gracias a una investigación periodística, la justicia imputó a Toledo y la apartó de la conducción del convento

Cuando el caso tomó estado público en 2016 gracias a una investigación periodística, la justicia imputó a Toledo y la apartó de la conducción del convento

El regreso a casa

El regreso estuvo marcado por situaciones tan cotidianas como desconcertantes. Cuando ingresó a un supermercado, por ejemplo, no sabía cómo funcionaban las cajas ni entendía por qué las cajeras utilizaban tarjetas de plástico en lugar de manejar dinero en efectivo. También le costaba cruzar las calles que alguna vez había conocido: había nuevos autos, nuevos semáforos y una terminal de ómnibus diferente.

El mundo exterior había seguido avanzando mientras ella permanecía dentro de una estructura de clausura. Internet, que recordaba de manera difusa, se había convertido en una herramienta cotidiana.

Cuando salió, también descubrió un acontecimiento que había marcado profundamente a la Argentina. “Yo estuve privada de mi libertad, al igual que una presa pero sin garantías jurídicas. Para que te des una idea, de la crisis de 2001 no supe nada hasta que salí”, relató.

Silvia Albarenque
Yo estuve privada de mi libertad, al igual que una presa pero sin garantías jurídicas. Para que te des una idea, de la crisis de 2001 no supe nada hasta que salí”, relató

Después de haber pasado su juventud en clausura, Silvia tuvo que descubrir nuevamente cómo moverse por el mundo exterior y, al mismo tiempo, recuperar una autonomía que había sido restringida durante su permanencia en el convento. “A veces creemos que la libertad es como un regalo de cumpleaños que te dan y listo. No. La libertad es una conquista”, resumió.

Después de salir del convento, Silvia comenzó a reconstruir su vida y también su propia identidad. Dejó crecer su pelo y abandonó definitivamente el jumper gris que había utilizado durante sus años como religiosa y que todavía había seguido usando durante los primeros meses después de regresar al mundo exterior.

También retomó los estudios y se graduó de docente de Literatura en 2022. En ese proceso también apareció el amor y decidió apartarse por completo de la religión. Se volvió agnóstica y así lo explicó. “Si Dios es eso que me enseñaron, yo no lo quiero”.

Silvia AlbarenqueEn 2022, Silvia se graduó de profesora de Literatura

Hoy, Silvia vive en Europa e intenta seguir reconstruyéndose. Reconoce que todavía está tratando de entender quién fue, quién es y quién quiere ser después de una experiencia que atravesó buena parte de su juventud. Pero hay algo que tiene claro: después de años en los que sintió que otros decidían sobre su vida, ahora quiere ser ella quien tome las decisiones.

Infobae

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